Huescómic, Festival de cómic de Huesca

Huescómic, Festival de cómic de Huesca

El 9 de septiembre Antonio Altarriba estará en Huescómic, V Festival de cómic de Huesca

Lugar: Centro Cultural Manuel Benito Moliner, Sala Genius y Coso Bajo
Fecha: Del 9 de septiembre al 15 de octubre de 2017

Huesca se cita un año más con las viñetas en Huescómic, un programa de actividades y exposiciones en torno al Noveno Arte. El 9 de septiembre, en varios espacios de la ciudad, se celebrarán charlas, talleres para niños y una feria de tebeos, de la que el público podrá llevarse sus ejemplares dedicados. En esta quinta edición, las leyendas del Alto Aragón protagonizarán la exposición principal, que podrá verse del 9 de septiembre al 15 de octubre en el Centro Cultural Manuel Benito Moliner, donde también se podrá visitar una exposición de homenaje al gran dibujante Ibáñez. Entre los invitados de este año estará Fer Casaus, dibujante oscense especializado en ilustración para la industria textil, que contará su experiencia en este sector. Este encuentro está organizado por el Ayuntamiento de Huesca en colaboración con la Asociación Thermozero Cómics y Viñetario.com.

http://www.xn--vietario-e3a.com/huescomic-2017/

25 joyas del cómic español

25 joyas del cómic español

Autobiografía, crítica social, historia, ficción… todo cabe y todo vuela en estas obras, elegidas por más de 40 especialistas entre las que se encuentran tres álbumes con guión de Antonio Altarriba.

Nº1 : ‘El arte de volar’, de Antonio Altarriba y Kim (Ediciones de Ponent, 2009)
Nº11 :  ‘El ala rota’, de Antonio Altarriba y Kim (Norma Editorial, 2016)
Nº23 : ‘Yo, asesino’, de Keko y Altarriba (Norma, 2015)

https://elpais.com/elpais/2017/07/26/fotorrelato/1501087847_370335.html

Insurrección

Todos sabemos que la democracia no es el imperio de la ley. Por mucho que nos repitan que vivimos en un “estado de derecho” y que no hay posibilidad, tampoco legitimidad, para actuar al margen, nos queda la idea (quizá la nostalgia) de que la democracia no radica en la obligación de acatar sino en la posibilidad de discrepar. Los regímenes que se presentan como “imperio de la ley” han sido, tradicionalmente, absolutismos, dictaduras y tiranías más o menos encubiertas, estructuras sociales donde sólo cabe la obediencia. Por eso sorprende tanto la actual insistencia en la “legalidad vigente”. Siempre se nos había dicho que la superioridad del sistema democrático radicaba en las dinámicas que permitían su perfeccionamiento. Pero el perfeccionamiento sólo se puede producir a partir de una actitud crítica y de una voluntad constante de reforma. Las resistencias a los cambios normativos, la gobernanza por decreto, la aprobación de leyes con escaso consenso, la supeditación de lo legislativo a pactos o intereses partidistas sólo sirve para asentar la convivencia en la obligación, en lugar del acuerdo. Y, en último término, impone la fuerza donde debería reinar la razón.

“Ley y orden” como fórmula de convivencia se opone a libertad, criterio propio y, en último término, inteligencia. Si la ley nunca hubiera sido cuestionada, seguiríamos viviendo bajo la ley de la jungla. Así que la democracia, en lugar de perseguir la disidencia, debería fomentarla. Sería la manera de enriquecer el debate social, de superar el conformismo o, peor aún, la resignación y de alimentar las dinámicas que buscan ampliar los espacios de justicia. No parece el camino seguido por el actual gobierno de España, empeñado en implantar “la presunción de inocencia” para sus “investigados” como derecho humano fundamental. Esa es la única batalla legal que parece querer librar. La ampliación de la impunidad para la corrupción y la reducción para las manifestaciones que la denuncian se ha convertido en su principal estrategia legislativa. Y así, a fuerza de leyes, la vida se hace cada vez más injusta.

El proceso de degradación democrática en el que nos han metido ha hecho olvidar uno de los derechos humanos que la Revolución Francesa proclamó, este sí, como fundamental. Es el resorte que ancla la política en la responsabilidad de cada ciudadano, el que nos compromete con la vigilancia de nuestras libertades y la principal garantía contra la regresión o la restauración de privilegios. Se trata del derecho de insurrección. Esto dice el artículo 35 de la Carta de los derechos del hombre y del ciudadano (1793): “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes.”

TODO LO QUE SABEMOS Y DECIDIMOS IGNORAR

TODO LO QUE SABEMOS Y DECIDIMOS IGNORAR

Viendo las cosas que pasan o, mejor dicho, las cosas que dejamos que otros provoquen, se me ocurren comentarios que a menudo comparto con amigos. Casi siempre coincidimos en el diagnóstico. Sorprende que opiniones tan extendidas tengan tan poco reflejo en el discurso dominante. El circuito político-mediático que alimenta la mayor parte de la información se ha impuesto por encima de evidencias, sentido común y empatía mínima.

Se incrementan injusticias, desigualdades, represiones y sistemas de vigilancia sin que apenas se escuchen voces críticas. Se multiplican los escenarios geopolíticos de riesgo, los deterioros ecológicos, los casos individuales desesperados, los comportamientos irresponsables de gobernantes y hasta las políticas suicidas. Y nada… O como si nada… La Humanidad nunca se había encontrado ante un futuro tan incierto y mostrado tanta pasividad.

Estamos, pues, en una situación paradójica. Somos conscientes de lo que ocurre, de las causas que lo provocan y de las consecuencias que acarrea, pero apenas protestamos. Porque nos lo prohíben o porque, más sutilmente, nos han quitado los altavoces desde donde hacerlo. Porque en el fondo de nosotros mismos una voz irresponsable nos dice que, en el último momento, algo o alguien vendrá a solucionarlo. Porque nos da miedo contrariar la poderosa maquinaria que nos arrastra. Aunque puede que no sea miedo sino, simplemente, pereza por el esfuerzo contestatario y la carga de infelicidad que comporta.

Es cierto que también hay respuestas dignas. El voluntariado, desde los más diversos sectores, intenta curar las heridas por las que se desangra el mundo. Y algunos medios de información, incluso algunos individuos, a riesgo de sufrir presiones, represalias y hasta agresiones, denuncian, desenmascaran, resisten. Sin llegar a tanto, me decido a poner aquí por escrito esas evidencias tan fáciles de compartir. Se trata, simplemente, de decir todo lo que sabemos y hemos decidido ignorar.

Antonio Altarriba

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